Vodka y cigarrillos

29 Aug

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Carolina Daly

 

 “Buenas noches. Mi nombre es Sarai Sanchez y tengo reservación”, comentó con voz de cansada mientras esperaba su llave. Al recibirla subió los dos pisos ya que el ascensor estaba dañado. Luego de hacer tres veces el viaje debido a su voluminoso equipaje, abrió la puerta de la habitación 250 y entró. Un olor a popurrí le hizo picar la nariz. Plantó sus maletas al lado de la puerta y entró al baño, el cual parecía salido de una de esas películas de terror en la que aparece un asesino detrás de la cortina de la bañera. Su cara de decepción superaba cualquier sentimiento que haya vivido antes, aun así se acostó y observó el techo.

Sarai siempre supo que tendría que dejar su apartamento, pero no que vendría a parar a un lugar así. Pensaba en todas las posibilidades, calculadora como siempre fue, y se dio cuenta del peligro que corría. Entre las posibilidades sanitarias, la seguridad y la cantidad de equipaje que llevaba solo daban como resultado catástrofe.

Luego de un breve descanso de diez minutos, no podía quedarse quieta por mucho tiempo, se dispuso a desempacar (sería mucho tiempo el que pasaría allí, tener todo en maletas era muy incómodo). Al voltear la mirada tratando de encontrar el closet, no lo encontró. Dijo para si misma “aunque sea tengo ventana”, pero la ventana daba a la pared del edificio de al lado.

Fue entonces cuando salió por un café o quizás un helado. Quizás solo quería pasear y pensar qué hacer. Al salir a la calle se dio cuenta de que no era mucho más bonito afuera. Entre indigentes, malos olores y poca luz, decidió regresar al infierno que tenía por habitación.

Prendió un cigarrillo, se dispuso a tomar su diario y escribir. Luego de media hora sacó una botella de su aparatosa maleta y pensó “pobre el que venga después de mi, le tocará una habitación tan lúgubre”.

Entre sorbo y sorbo, inhalar y exhalar el humo del cigarrillo se dio cuenta de que no quedaba nada por lo que vivir. Luego de que su hijo muriera por solo ir al cine en el momento y ciudad equivocado; y de que su esposo se creyera Batman e intentara volar desde la azotea del edificio ella solo pensaba que cuál era el sentido de respirar, si los seres que respiraban por ella habían muerto.

Luego de un gran sorbo de la vodka que había comprado en una gasolinera cerca de allí y de apagar su cigarrillo y encender otro, buscó su navaja la cual había afilado bien antes de llegar.

Un corte fuerte en sus muñecas bastó para desencadenar el fluido de la sangre y comenzar la cuenta regresiva. Veinte y siete minutos para morir. “Me tomaré otro trago, total, me da tiempo”. Con más vodka y más cigarrillos pasó sus últimos minutos viendo la televisión que no prometía mucho tampoco. Luego se desmayó y su cuerpo inerte quedó bañado en su propia sangre.

A la hora de salida, al momento de finalizar su reservación, tocaron la puerta y al ver que no respondían entraron, solo para encontrar un cuerpo sin vida, un vaso de vodka ensangrentado y un cigarro a punto de apagarse. No llamaron a la policía de inmediato, revisaron sus maletas primero y sacaron las cosas de valor. Luego de 15 minutos de una llamada al 911, aparecieron los forenses los cuales recogieron el cuerpo y al moverlo botó una nota que decía “Disculpen el desastre”. Al terminar la investigación, el personal se fue y solo quedó limpiar el desastre que ya había sido disculpado.

Mucho costó en limpiar la alfombra (la cual ya estaba sucia). Lejía tuvieron que utilizar, luego de mucho productos claro está. El intenso color rojo fue desapareciendo y el marrón de la alfombra volvió a observarse.

Usaron el famoso atomizador olor popurrí que tanto molestó a Sarai, una vez más, la habitación tenía todo en su lugar.

Un lunes en la tarde, dos meses después, toqué la campana de la recepción y comenté “Soy Carolina Daly y tengo reservación”. Recibí la llave y entré al cuarto 250, para luego de cerrar la puerta encontrar a una mujer con un vaso de Vodka en su mano derecha y un cigarro en su mano izquierda. Su color gris me hizo dudar de su vitalidad pero la confusión  me hizo decir “estás en la habitación equivocada”.

Dos sorbos de vodka bastaron para que se volteara y me dijera “soy Sarai Sánchez y tú fuiste al desafortunado al que le tocó mi habitación. Siéntate que hay una historia que te voy a contar”

 

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